Se ha dicho a veces que la abstracción es un lenguaje que renuncia a la significación. Esa afirmación, como todas las generalidades, necesita ser precisada. En el caso de la pintura de Tomás Vaquero, lo que hace la abstracción es aumentar el grado de libertad de que dispone el receptor. El arte de Tomás Vaquero no nos sitúa ante la ausencia de significación, ni ante una multiplicidad del signo, sino ante el estallido del mismo concepto de signo. La abstracción va más allá de la polisemia, que no deja de compartir un significado original, propio, del que los demás significados no serían más que desviaciones e innovaciones, y le hace al espectador interrogarse sobre la esencia misma del lenguaje. ¿Es posible un lenguaje en el que no exista una mínima convención entre el emisor y el receptor, sino en el que ambos se encuentren más allá del pacto social que funda el lenguaje, y por lo tanto más allá de cualquier convención previa? El arte abstracto no responde a esa pregunta ni lo pretende, pero sí alude a ello.
Habría que remitirse a la música para encontrar una pretensión similar. Con ser muy estricta su codificación interna, la música le hace al receptor olvidarse de esa codificación para entrar en el mundo de la sensación pura. Cuando escuchamos una obra musical percibimos el objeto artístico en su materialidad, desvinculado de cualquier aplicación práctica, «comunicativa», y esa materialidad es, paradójicamente, lo que nos permite entrar en el terreno de lo espiritual.
Por eso en el arte visual hay, cuando ese arte se abandona al ritmo, a la sucesión de colores, a la sensación, una cualidad musical. Pero no por ello se renuncia al significado. Lo que provoca en nosotros la pintura de Tomás Vaquero es la apertura de un horizonte significativo insólito, que ya no está retenido dentro de los límites del signo, sino que apunta, como las ventanas de Mallarmé, «al cielo anterior donde florece la Belleza».
Por eso creo que se puede hablar, sin caer en abusos, de una mística en el arte de Tomás Vaquero. Pero se trata de una mística que parte de lo material, no para trascenderlo, sino para devolvérnoslo en su materialidad, fuera de cualquier a priori representativo. Hay una pureza, una inmediatez del color y de la forma tal como se presentan ante los ojos, que aluden a un mundo en el que el emisor y el receptor se habrían liberado de sus respectivos papeles, mediatizados por un código anterior a ellos.
La pintura de Tomás Vaquero nos devuelve la libertad de la mirada. Sólo por eso ya merece la pena tenerla en cuenta, en un mundo en el que hasta la percepción está cada vez más dirigida.