JESÚS AVECILLA RIANCHO,   artista, en la amistad”.   (1941-1991)

Empezaré por el fin. Algún día será un honor casi inancalzable tener “un” Avecilla en casa. Para algunos lo que ya hoy es:   un placer; para otros llegar a un cierto punto social de calidad, lo que no estará mal. En todos los supuestos será la manifestación, la respuesta sesgada de un hecho vivo y real: el reconocimiento a una persona, como artista, por medio de sus obras. Le estarán haciendo caso, le darán la razón.

         Últimamente se le ha tenido en cuenta en exposiciones cortas y serias, con rigor planificadas. Frente a sorprendentes silencios oficiales y selecciones viajeras excluyentes hay esfuerzos individuales de respeto.

Por muchas exposiciones, publicaciones y difusión que hagamos del trabajo de nuestro artista nunca tendremos un Brancusi, un Julio González, Henry Moore, un Pablo Gargallo, un Giacometti. Sin ninguna duda nunca hubo en él tal deseo de universalidad sin paliativos, pese a que ésa selección no está basada en tópicos de calidad sino porque conocemos la admiración y la enseñanza que cada uno le proporcionó. Influencias, nunca miméticas copias, mas descubrimientos en ellos de los propios ideales, búsquedas y maneras presentidas, deseadas para uno mismo.

         A modo de iniciación puede dividirse toda su obra en tres grandes grupos, entendidos como simplificación teórica y práctica.

         Primero las piezas de formación, actuaciones tardías en la vida de Avecilla pues así fue su proceso de desarrollo. Antes creció como persona completa para luego volcarse en una serie de trabajos indudablemente llenos de múltiples influencias y siguiendo todos los caminos imaginables, tanto en formas como en técnicas, pero con un toque propio que les da la gracia de convertirlos en personales.

         Hay que destacar luego un importante conjunto de “Cabezas”, serie de bustos nacidos a saltos entre crisis diversas; piezas grandes, después pequeñas, en plintos como en cuerpos de los que no se puede prescindir.    Sintió que su estado anímico era propicio, al igual que la proporción de sus escasas fuerzas físicas.

         Partió de obras anteriores y creó una colección de personajes ficticios, antirretratos universales de sentimientos o conductas. Facciones condensadas, reflejos de almas, en muchos casos nada fáciles, dolorosas, atormentadas.

         Fueron obras tan expresivas que permitían el juego intelectual posterior y abiertos a descubrir quienes no eran, bajo sus formas idealizadas: el viejo “aranguren”; el tonto de la esquina; el hombre golpeado; la nariz de un mentón.......

         Una tercera serie fue tomando cuerpo con elementos de todos los momentos anteriores. Son básicamente las figuras que definiré como radiografías de seres en un entorno, en juego con elementos que nos dan la clave de su posible comprensión. Alzados en pedestales como partes propias, nada objetivas, del ser en el momento representado. Hay un regusto consciente y serio de Brancusi, a su trabajo de unión y síntesis. Hay un guiño de comprensión con la poética de Giacometti.

         Pienso que en este momento final está el punto más fuerte del trabajo de Jesús Avecilla, es la suma que podríamos llamar emblemática y de futuro.

         Ha cuajado la quintaencia de un vivir adsorbido a buches de agua salada de mar. Hay amor a una amarga, triste, hermosa, dolida, profunda manera de ser, de tierra, universal al fin.

         Siempre se emborrachó de querer hacer. Todo lo llevó como equipaje junto con sus amigos de niño, algo verdaderamente fundamental en él. Ya en Madrid aprendió a abrirse. Fue uno de los artistas menos incultos de su tiempo. Manoseaba las exposiciones, de cualquier materia, en todos los lugares; las trituraba con el cerebro; las asimilaba con golosa ansia.

         Era muy fácil encontrarle solo, mascando parabienes o escupiendo maldiciones de uno u otro certamen, premio o galería, y ese encuentro era nuestro placer y mejor enseñanza compartida.

         Fue asimilando, creciendo, y por lo tanto tiene sin pudor, el poso de todos los grandes, la ayuda de todos los serios, sinceros obreros del arte. Pero a todo lo aprendido le dio nueva vida, y de ahí su categoría: Creó su mundo y nos lo dió a dos manos.

         Empezó lento, sumó datos, creció y poco a poco subió tan arriba que se rompió en querer y terminó desgranando dulces, maravillosas, pequeñas obras maestras con herencias de siglos y firmes raíces. Obras como robles, como hayas que sinceras recuerdan la verdad de otros artistas que, sin estúpidos nacionalismos, sí con el poso de una cultura de paisaje y de sentir, mantienen unos mismos ideales y una dignidad de vida personal y artística similar a la de él. Aquí, por comunidad de apellido, raíces y grandeza de alma recuerdo a Agustín Riancho, otro bienaventurado a quien rezar para que juntos nos asistan en el páramo de estupidez, envidias y mediocridades de nuestras siempre pobres, olvidadas e incultas realidades.

         En esta lucha contra el olvido podríamos materializar el recuerdo poniendo su escultura “Noray-cabeza” en un espigón de su bahía natal; las palabras de la dedicatoria grabadas en las losas del suelo del muelle, salpicadas por el mar. Pienso que así le hubiera gustado que fuera el homenaje que le debemos para mantener lárgamente el recuerdo de uno de los grandes que han de quedar para seguir dando ejemplo de vida.

                                                       Diego Bedia Casanueva